Tiemp0s de Pandemia.

Sigilosamente camino a lo largo del pasillo y dejo atrás la trampa que me resguarda durante este tiempo de angustia e incertidumbre. Allí quedan las paredes frías y la cama sin arreglar acobijando temores y deseos reprimidos, que esta lejanía me traen.  Un plato sobre la mesa y un vaso a medio tomar, dejan rastro de mi existencia por esta vaga y fugaz vida. Mis pies poco a poco se acercan al borde de la puerta de vidrio y esta me permite ver una mezquina parte de la realidad a la que enfrentaré, cuando mi cuerpo desnudo acaricie la brisa callada en calles despobladas de voces y agitación, para ir incorporándome a algo desconocido, pero quien sabe mi nombre y me llama a ser parte de él.  Las aceras como rieles se pierden a la vista y claman calor humano cuando almas perdidas y confusas transitan las apesadumbradas vías donde cajas llenas de despojos humanos van dejando rastros de dolor y desesperanza. Me adentro aún mas y las puertas que una vez estaban abiertas, como brazos extendidos, ahora con bozal, están mudas y tristes, carentes de compañía. Mis desorientados pies me llevan a la puerta de la iglesia grande, como gigante y pesada de las suplicas y sollozos, que como dardos se incrustan en la madera vieja y que me apartan de ver la cara al creador y extender mis temblorosas palabras que, de mi garganta seca y ahorcada de miedo, salen para llenar un vacío donde no cabe un ruido más.  El ambiente se llena de gritos y peticiones de auxilio que brotan como humo, deslizándose sobre las corrientes de aire que subyugan los edificios y estos se rinden ante el dolor. La torre del campanario permanece erguida y petulante, mientras los caídos se arrastran en busca de su lecho mortal y arropándose con tierra sagrada Descansan sus cuerpos en huida del feroz enemigo que se desplaza en tenebrosa cacería.  El viento levanta mi cabello haciendo revolotear mis pensamientos, como golondrinas en verano.  Veo una plaza donde los árboles hablan entre sí, comentando que ahora son los únicos dueños del lugar, mientras sus ramas chocan una contra otra, celebrando su libertad. Cada momento que pasa, un resto de mi ser va quedando en el sendero que recorro y este fundiéndose en el pavimento, como sinónimo de mi existencia.  Los nervios se fortifican y las emociones se duermen. Mi corazón se estrangula en un latido y pide perdón ante tanta desolación. Mis manos y cara con lluvia quiero lavar, despojarme del castigo divino que, al hombre Dios con su ingenio le impuso.  Quiero gritar y al mismo tiempo correr, tratando de soltar mis viejas vestiduras sucias y desgarradas y llenarme de luz, a medida que avanzo hacia tierras fértiles donde no pueda oír lamentos y un poco de paz pueda envolverme, transformando mi rostro de pavor, en uno apacible que destile humanidad.  El sol se oculta y las sombras egoístas se apoderan de la luz, empujando los espectros de la noche a balancearse sobre los balcones de las casas, intentando buscar presas fáciles para alimentar a la bestia que nunca deja de comer. Me apuro y veo que se acercan a mí, me apoyo en las paredes pues más débil estoy. Volteo y allí esta- Me mira con cientos de ojos intimidantes y a la espera que me rinda a sus deseos. Tomo aire hasta lo más profundo que se pueda y comienzo de nuevo a caminar, sin mirar atrás. Los miedos, desde el suelo, me jalan arraigándome y haciendo mi paso lento y tortuoso para por último llegar a la puerta. La abro con dificultad y resguardando mi cuerpo y alma tras ella, mientras el manto negro de la noche sirve como huésped a la muerte, quién celebra y ríe mientras un centenar de espíritus le siguen como sequito, hacia la eternidad.  Entro a mi guarida, me meto en la cama y sábanas pongo sobre mí como protección, mientras las horas se retuercen en un infinito bucle, donde la realidad da paso al tiempo de los huesos escurridos y blancos que tocan mi piel con la tristeza de no poderme poseer.  Cierro los ojos y espero otro amanecer en un tiempo imperfecto, cuando los calendarios sean insuficientes para registrar el tiempo de la bestia.

Por Wilfredo de Jesús Rodriguez Morillo.

Madrid Agosto 2020

Liberté..

Hola buenos días, mi pequeña y cuadrada amiga. ¿Como amaneces? ¿Cuéntame que has visto de nuevo? Sé que sabes más que yo, pues siempre estas allí con cara al mundo, mientras yo aquí me escondo y veo a través de ti, solo lo que quieres que yo vea.  A veces eres egoísta, a veces protectora, cuando no quiero. Ahora que te necesito, solo ves al frente, a la dama de cabellos largos verduscos que se pavonea con nuevo traje, al son del viento, mientras él la abraza desprevenida, haciéndola sonrojar. 

Sí, eso que ves en mis ventanas es lo que piensas, es tristeza.  Intenta entrar un poco más. Recorre mis caminos de sangre y veras que hay veneno en ellos. No sabes cómo. En la mazmorra de mi torre, donde los fantasmas del ayer deambulan encadenados, pidiendo ser ejecutados, pues les es más fácil terminar su agonía en ese espacio obscuro, frio, en donde sus raíces podridas ya no les soportan y caen de dolor, un olor pesado y repulsivo desprenden los cuerpos en descomposición que yacen camino a mi mente. Te cuento aun cuando no quieres mirarme, que un día todo comenzó. Mis venas se llenaron de hiel y aquellos sentimientos puros y lindos se retorcieron. Fueron enterrados, pisados y empujados hacia el centro de la tierra con la más brutal fuerza y esta los expulsó triturando sus frágiles huesos contra las rocas y descarnando su creación.

El mundo comenzó a quebrarse, los torbellinos tocaron mi cabeza, el desierto se asentó en mis ojos y sus ríos se secaron. Los pulmones que antes estaban de aire llenos, ahora de cuero reluciente tapizados estaban y un dolor profundo recorría el inicio de toda mi existencia, cuando como meteorito chocando sobre mi lucidez una gran zanja marcaría para siempre descendencia. Ya no sería igual.

Quiero correr como esos niños en la colina donde la briza juguetea con sus cabellos y sus mejillas explotan en un sonrojar inocente, sus ojos saltarines se adornan con una mágica sonrisa de libertad y desprendimiento terrenal.

Ya eso quedo atrás.  Cientos de grilletes me atan.  Unos los brazos, otros los pies y el que me mata, me ata el espíritu. Son cadenas muy fuertes, llenas de alquimia y aseguran que nunca me suelte.  El sueño también me ha abandonado. Morfeo fue sustituido por algo diminuto y letal que se sumerge en mis entrañas, abraza mis nervios y los corroe como el salitre al hierro. 

Amiga de mi huida, comprende de una vez y por todas como las olas me golpean, me elevan y me dejan caer.  Que los duendes que habitan en mi cuerpo no paran de trabajar, cavan túneles y causan derrumbes y con esto, causan mi pesar.  Dejadme respirar y volar. Abre la ventana. Un centenar de payasos pasan frente a mí. Cada uno hace lo suyo y mi cuerpo no reacciona. La vida pasa  como hilo en aguja, retorciendo el telar y cosiendo mis vestidos a su propio estilo, listos para la pasarela, con espectadores maravillados del resultado de esta vida mía, que en un aborto fallido trato de reparar su gran error, siendo estrella de mi único desfile.

por Wilfredo de Jesús Rodríguez Morillo

Madrid Noviembre 2020

Bendita Pobreza, Bendita Riqueza.

Bienvenidas sean:  bendita Riqueza y Bendita Pobreza, ahora este es mi turno de invitarles a mi morada, pasen,  tomen asiento ambas en mi mesa, ya está lista, pues les serviré un gran banquete además, del mejor vino que pueda existir; permítanme  decirles que he disfrutado de cada banquete agridulce que de sus festines me he servido a lo largo de mi vida, unos en grandes y lujosas mesas de mármol y cristal donde el dorado y la plata retozan en la mirada encantada de los comensales mientras que el  ruido de las joyas  seduce al oído hasta dejarlos sordos de los sonidos reales de la vida dejándolos como serpientes encantadas.  Mientras que en otras los huesos del perro se ven tras su cuero, el piso de tierra y la mirada perdida en una plegaria en suplica pidiendo ayuda a la providencia mientras un sonido mudo enloquece el espacio de estómagos vacíos y corazones de sal.   He recibido lo mismo de ambas: Frutos ácidos y dulces, miel, hiel, vino avinagrado, champagne, ron, langosta, migajas de pan y crujientes croissants, pan mohecido y agua turbia y en su centro de mesa rosas muy rojas y hermosas con muchas espinas.  Mi sentir fue siempre el mismo.  Un mensaje que la vida enviaba y en ocasiones me conquistaba y en otras me alejaba, mi alma trataba de adaptarse a dos mundos que el hombre por egoísmos mezquinos construye poniendo barreras sociales, étnicas, económicas, raciales todo aquello que pueda tener un punto de referencia, será entonces un lado para marcar la diferencia para ser bueno o malo.  He sido un comensal como cualquier otro, solo que a medida que entran los años el gusto se hace más agudo y se afinan los sentidos para degustar el banquete de la vida. Además, ver quién te invita a comer. El propósito de todo esto, es la actitud que se tenga ante el anfitrión.  Se debe ser un observador activo respetuoso, catando cada plato que se es servido, ver el color, la textura, el sabor.  Hay que guardar toda esta información en nuestra mente que nos permita identificarle en próximas oportunidades.  Así es la vida,  un festín donde la riqueza y la pobreza son las anfitrionas que nos enseñan de una u otra forma a defendernos en la vida.  en mi travesía por mis años, ya he transitado ambas y agradezco su presencia pues hacen que uno tenga un concepto mucho más amplio de la vida misma.  Pues esto no es solo desde el punto de vista de lo material, ¡no! esto también va a lo más profundo de nuestros sentimientos, fundamentos, valores y crianzas, va a lo espiritual pues en esos platos que nos sirve la vida,  hay unos que nos revuelve el alma y el corazón haciéndonos consientes que esta fiesta tiene fecha de inicio y de fin.  Bendita Pobreza que me haces reconocer que soy solo tierra y Bendita Riqueza me dices que soy luz divina hijo del sol y tengo palabras de diamantes que pueden herir o sanar.  Ante esto es mejor tener una posición ponderada y ecuánime.  Si dejamos que la pobreza nos abrace nos arrastrara a los más bajos y mezquinos sentimientos de culpa, baja estima, envidia y todo aquello que pueda corroer la pureza del corazón humano hasta hacerlo arena y si te dejas llevar por la riqueza esta te mantendrá por encima del suelo, la altivez, el orgullo, la trampa, la avaricia. Todo ser que  se alimenta de esta estirpe,  su sangre se convierte en acido que derrite el acero.  El camino al banquete me enseña que debo ser equitativo en mis decisiones pues estas no deben parcializarse por ninguno. El mundo es una piñata a la que debo golpear a reventar e hincarme en el suelo y recoger los mejores dulces y darles a aquellos quienes menos chance tuvieron de participar.  Pues es así, La vida sorprende de forma que una película de ciencia ficción no lo haría. Los caminos que ella tiene para hacerlo tampoco son imaginables.  He sido bendecido y envuelto por los velos del tiempo, podríamos llamar suerte como unos les dicen.  he estado sumido por las capsulas de la tranquilidad y del sueño, mis esperanzas y expectativas adormecidas como bellas doncellas en cuento de hadas y mi voluntad perdida entre sargazos de mares obscuros y turbios de inseguridades.  veo la luz y creo en mi poco a poco ya que veo el fondo negro alejarse bajo mis pies, allí arriba el agua azulada y la luz clarean mi rostro mientras se esparce una sonrisa que arropa la ola y dibuja la orilla mientras pienso: ¡Es verdad estoy vivo¡ Bendita pobreza, Bendita Riqueza…!he sobrevivido! a ustedes y vivo gracias a ustedes, mi sangre está llena de ambas y así la tierra entera es un festín donde la humanidad  celebra cada día sus emociones ya sea con la bendita Riqueza o la Pobreza. La humanidad ha celebrado en nombre de la riqueza y la pobreza los grandes crímenes de nuestra historia. Siempre habrá una flor con espinas  que te estaque un dedo.

Por Wilfredo de Jesús Rodríguez Morillo

Madrid Noviembre 2020

Castillos de Barro

Ay que difícil es la convivencia, otro día más mi capa cae de nuevo. Arrastro por mi habitación este sentimiento de abandono, la orfandad me abraza, soy la opinión del día; o si como, si bebo, si duermo, si voy al baño o no; como extraño aquellos espacios abandonados donde mis pies pisaba con firmeza. allí donde mis defectos no atormentaban a ninguna alma. Era una libertad imperfecta, pero mía, tan solo mía.  cada fibra de mi existencia se pregunta ¿dónde está mi emancipación aquella que había logrado? En cambio, encontré carcelarios de mis decisiones.  Las miradas unos días son buenas y otras no tan buenas me siguen y escanean mis movimientos hasta hacerme una estatua de sal para ser ignorado. mi silencio perturba y mis palabras sin peso no calan, son solo gracias al aire cual bufón en la corte.  Estos gloriosos días de paciencia absoluta mellan aún más mi desafilada cordura y ganas de vivir.  Dormir, aunque solo sea con químicos, es una bendición pues desvanezco de esta realidad y me transporto a sitios lejanos en el pasado abstracto donde esté presente no me roza.  He dejado un puñado de cadáveres tras de mi para cumplir más que una huida, un sueño; que hoy día en mi balance ya no cuenta, pues he entrado en una jaula de oro de donde ya no sé ni cómo salir.  tomo una bocanada de aire fresco, que me dé razones para asegurar que lo que hice está bien; dejar mi nido y atravesar el mar.  Las apesadumbradas noches me anuncian que un nuevo día comienza, este a su vez me indica que el manto obscuro se aproxima de nuevo para entrar en esta vorágine de sentimientos donde no hay salida alguna que pudiese usar y entrar a otra dimensión. donde pudiera recostar mi cabeza inspirar y descansar.   la prisión y los fantasmas que revolotean en este minúsculo espacio son mi único despertar.

 Mis temores, mi impaciencia; mis sueños caídos se arrinconan asustados al ver como soy acorralado ya que ellos eran los villanos de mi vida ahora son víctimas de este tiempo y espacio.  Cada día me levanto cuando ya el sol ha alcanzado más allá del centro del cielo, pudiendo así acortar el día y vivir menos en este cementerio.  Tomo lo único que me acerca al mundo que es casi mío y veo allí el número de caídos por la expansión de esa invasión sobre los humanos que minúsculos seres han querido hacer de este mundo su mundo. Me pregunto ¿Acaso no estoy dentro de su territorio de conquista? Entonces estoy en la mira y el solo pensarlo me asfixia.  Pues veo los edificios que lloran la soledad, los vestidos que nunca serán llevados, calles que no volverán a ser transitadas por aquellos que sucumbieron ante esta gran guerra que suma números a los días, semanas, meses y posiblemente a años.  Ahora yo estoy entre dos grandes momentos: uno exterior y uno interior a mí.  ¿Qué gran dilema verdad? a cuál sobreviviré?  Pues no es cuanto escribas sino lo poco y con esencia.  Este encierro me toma de la mano me aparta de mi diario tránsito. Me evoca a mi niñez cuando castillos de barro construía en mi jardín, sus torres y puentes donde hormigas y bichos lo habitaban; llenaba su pozo para evitar que enemigos de la comarca lo atravesaran e invadieran.  La grama y otras plantas eran los árboles cubrían la fortaleza y donde mis sueños de niño se escondían del mundo real. mi mente recorría el interior del recinto que al pasar los días se hacía más grande con los anexos que le hacía, mi imperio crecía. Solo me recostaba en el piso con mis brazos cruzados y mi cabeza reposando sobre ellos y veía mi imperio de frente y veía toda la magnitud de lo que había creado y pensaba que todo eso era todo mío, era mi mundo y yo era el rey. Todo un universo escondido de mi padre quien no le parecía bien la idea de un reino de barro en el Jardín y que sabía que me reprendería si lo descubría. Cuando llovía era tan especial, pues ver caer las gotas sobre mi reino y sus habitantes resguardarse en su interior cobraba aún más vida ya que me sumergía aún más en su interior e imaginaba su calidez y desde su balcón principal el cual era sostenido por dos columnas me asomaba para contemplar la cortina de agua que embellecía aquel lugar. En ocasiones lo roseaba con azúcar para que se llenara con más bichos y era hermoso verlo lleno de vida. Pero no creas que solo tenía un reino… yo era un conquistador de tierras; este el de los seres pequeños y otro aun tan fantástico como este. Recorriendo mi casa al final, estaba un gran patio lleno de animales de corral, allí estaba el Rey Urko un gran ganso Blanco y otros cinco gansos más, había como unas ocho tortugas, dos galápagos, un garzón soldado, seis patos una docena de gallinas. Arboles de guanábano, de Chirimoya, de limón, guayaba, cambur y otros lo que hacían un paraíso perfecto para conquistar. Yo era un chaval de unos ocho años donde esos animales eran dinosaurios para mí y yo su conquistador. Para ese entonces yo imponía las leyes en ese paraje.  Estando en el ático de mi casa cuyas ventanas daban al hermoso lugar veía a mis súbditos desde la altura y a través de un tubo muy ancho el cual usaba como megáfono para impartir las órdenes y las noticias a mi pueblo. Urko, el Ganzo más grande y el jefe de la manada, el antiguo rey de esas tierras, receloso me veía como el usurpador de la corona y casi siempre al estar cerca de él,   lanzaba su ataque junto a sus seguidores; la lucha era temeraria  pues con su pico dando mordeduras y aleteos terminaba  yo con mordeduras en las piernas y por lo cual Urko abría sus alas y su fuerte graznido imagino magnificaba su pequeña victoria demostrando a los otros miembros del reino que aún seguía siendo el rey.

      yo era feliz esos días, esos eran mis grandes imperios que estos días he podido recordar gracias a una plaga, la calidez de mi casa la perdida de mis súbditos y la instauración del reino la realidad implacable.

En esos momentos era Libre aun cuando no sabía el valor y significado de la palabra libertad y en este momento cuanto deseo hacer castillos de barro.

Por Wilfredo de Jesús Rodriguez Morillo

Eleonor

Eran ya casi las 10 del mañana e iba a hacia el ayuntamiento de Getafe, el frio hacia su presencia en el otoño que repuntaba, mis pasos se hacían rápidos pues antes de ir al sitio antes mencionado tenía que hacer una parada necesaria e importante.  Hay una capillita de adoración muy escondidita en una calle muy concurrida que pocos se percatan de que existe y pocos de lo que ocurre allí dentro.  Tiene unos diez bancos, una mesita donde reposa un libro donde se anotan las personas que van a hacer la hora santa y por supuesto el altar y la custodia donde está la santa eucaristía. Es algo muy tranquilo solo y cuando uno está conectado con Dios pues como dije la calle es ajetreada y el ruido invade este recinto. Este día sería diferente al resto. Ya próximo llegar a la capilla oí una voz que se filtraba de entre el rutinario ruido y que luchaba por hacerse escuchar: “Hola Buenos Días Señor, ¿Me puede ayudar?”, a medida que me acercaba se hacía más y más fuerte hasta que logré ver a una mujer en la puerta de la capilla.  Ella era una mujer de unos 45 años que representaba un poco más, se encontraba sentada a medio recostar de la puerta, sus piernas entrecruzadas con un vestido que una vez fue rosa claro, su cabello negro recogido con una pañoleta que cubría la mitad de la cabeza y una frazada de color blanca sobre la cual se sentaba; su tez de piel muy morena  como canela y reseca por la caricia del sol diario; sus pies al aire y maltratados por el roce con el pavimento. Su dentadura incompleta y amarillenta que acompaña una pronunciación muy marcada de un español no nativo y por último un vaso de cartón de esos que se votan por allí y el que coloca cerca de sus piernas donde rogaba le dieran algo mientras agitaba su mano, pronunciando sus palabras con firmeza y con algo de desesperación ya en su última frase.  Mis pasos se ralentizaron a medida que me acercaba a esta mujer. Pues sus palabras eran tan fuertes que comenzaron a crear turbulencia en mi mente, además que no tenía ni una moneda para ayudar a tal suplica. La observe mientras entraba a la capilla y aquí se dirigió a mí con voz potente “Ayúdeme por favor ¡señor! ¡señor!  por favor ayúdeme.!” repitió, seguí mis pasos y entre, pero estando dentro, fue imposible concentrarme, su voz era fuerte y potente yo la sentía como dardos dando en mi mente y alma. Tenía en frente al Creador y comencé a hacerme preguntas que quise que Dios me respondiera en ese momento.

Estando allí abajo sentada, suplicando a todo el que pasa a su lado por una respuesta indiferente me pregunto: ¿Qué se siente?  sin recibir ni siquiera una mirada empática.  ¿Qué hizo mal para llegar a ese estado? ¿tendrá una cama cálida y suave que la reciba de un día como estos? ¿tendrá que comer? ¿tendrá un te quiero al llegar a casa? ¿Cómo será su hogar? ¿será buena persona? ¿tendrá amigos? ¿sabrá sonreír? ¿Cuándo de niña cual habrá sido su mayor sueño para grande? ¿En qué creerá? ¿Quién le ve cuando enferma? ¿Cómo estarán esos sentimientos? y que de ¿sus lágrimas, quien se las enjugara?  mi mente se reventaba de tantas incógnitas y comencé a restar importancia al santísimo sacramento pues esta sensación de abandono que sentí de la mujer a través de sus suplicas heló mi cuerpo y desconcertó mi alma y explotó en un mar de comparaciones y preguntas.  Soy emigrante como ella y hay una línea muy delgada entre su estado y el mío.   ¿Y qué hay de mí?

 Observar desde el piso las miradas, arrogantes y despreocupadas de figuras estilizadas como puñales de arrogancia no debe ser fácil o tal vez es como estar sobre cristales rotos, sin obtener ni tan siquiera una respuesta a los “Buenos Días”.  Estar en estas calles debe ser como navegar sobre mares llenos icebergs, y naufragar con abolladuras en todo el casco como lo hizo una vez el Titánic, a diferencia que esta vez, es un solo naufrago y no hay nadie quien rescate, pues todas las respuestas a las dudas se irán al fondo y a nadie le interesa el barco que se hunde.  Eleonor, como he decidido llamarla para no hacerla una gota más del océano, es un ejemplo de lo que más somos.  En mi experiencia he podido percibir como las personas transforman en fantasmas a otras. O mejor dicho como les transformamos: les ignoramos, nos hacemos sordos, vemos hacia otros lados, solo para evadir tal vez una responsabilidad o no comprometerse con algo.  Es triste pues esto va creando muertos vivientes, corazones huecos, aprecios no correspondidos, falsas impresiones, sentimientos fracturados, soledades adelantadas, voces silenciadas, miedo al mundo, enfado, perdida de valores y por último una creencia en la nada.  Este puede ser el caso de Eleonor. Me intriga saber que habrá dentro de ese pecho, que guarda ese corazón con forma de queso pues la vida ya se encargó de agujerearlo o que sentimientos tan fuertes hay que incitan a gritar tan fuerte esos Buenos días.  Ya han pasado tres días desde que la encontré y fue tanto así que decidí dedicarle unas líneas a esa mujer anónima que puede representar a cada una de las personas que emigran y pueden traspasar esa fina trinchera para llegar a ser una Eleonor.  Las repreguntas siempre estarán dando vueltas en mi océano de inseguridades ¿en qué fallo? que hizo mal. Y otra pregunta ¿que nos impide mirar abajo? y solo decir buenos días y regalar una sonrisa aun cuando no tengamos los céntimos para ayudar.  Tal vez ella en medio de esa angustia necesite una cara amiga que mitigue la soledad, el sol, el frio o la indiferencia.  Creo que Eleonor y la vida un día lo agradecerían.

Por Wilfredo de Jesús Rodriguez Morillo

Madrid Noviembre 2020

Un ángel toco mi cabeza.

Eran casi las tres de la tarde. El frio en la estación parecía abrazar cada ser
cada ser que allí permanecía. La cola crecía y crecía, el reloj no caminaba y
mi impaciencia como rio en crecida se desbordaba al pensar que llegaría tarde
al centro del conocimiento. Una molestia invadió mi cabeza al no dejarme
pensar. Mis venas se crecieron y en un momento el dolor estaba allí,
acompañándome y diciendo: Hey, aquí estoy…. Poco a poco con mis manos,
tocaba mi cabeza y apretaba, a ver si el dolor mitigaba mientras la espera se
hacía mayor. Ese día era importante, pues terminaba mi curso de inglés y mis
ansias de poseer el certificado eran, como jinete que gana el gran premio y
cada mano luchaba por ser la primera en tocar el anhelado papel. La cola
seguía y mi espera también. El 416 marcaba dieciocho minutos. La gente iba y
venía y observaba el reloj y allí estaba yo con mi dolor de cabeza que hacia mi
espera un sacrificio, cuando de pronto una mano sale por detrás y me dice:
Hola soy Luis. ¿Quieres pasaje?   Respondí: Hum, no entiendo. ¿Qué quieres
pasaje? No, no tengo dinero. Con voz más fuerte y sonriente: Soy Luis … y le
pregunto que si quiere un masaje. Su sonrisa se ilumino.  Era un pequeño
chico como de unos 16 años con un metro y 50 cm de altura, más o menos y
con síndrome de Down, que vestía una camisa azul cielo unos jeans. Lucía un
corte redondo con un cabello muy cuidado y suelto. unos ojos bien centrados,
que denotaban seguridad y una pequeña mochila en dos tonalidades de azul.
Con su sonrisa pintada en la cara, aun esperaba una respuesta de mis labios.
Yo me congele. Sentí pena. Era el cuarto de la cola y luego de mi la cuenta se
perdía. Dada la dulzura de su cara… accedí a decirle: Luis, está bien. Dame el
masaje. Me coloque de espalda, recostado al descanso de la parada del bus. El
coloco su bolso sobre el piso y con sus cortos brazos y sus cortos y gruesos
dedos, comenzó su gran labor. Me dijo: Relájese. Cierre los ojos y al primer
toque de sus dedos en mi cuello sentí como algo que recorría mi cuerpo y mi
mente. La pena desapareció, en ese momento solo éramos él y yo.  Me
acomode mas para estar a su altura, con suavidad me quite la bufanda pues
entorpecía su labor. Sus manos se desplazaban como si conociesen mi cuerpo
y tocaban aquellos sitios en mi cabeza donde el dolor era quien mandaba. El
insistía en cerrar los ojos y respirar. Decía: Respirar es la base del logro del
bienestar. Sus manos, aunque tocaban mi piel, eran como aves volando sobre
la piel del mar sin tocarla, pero erizando el mar con sus alas. Era una magia.
Y pensar que unos minutos antes, el miedo y la pena me invadían, pero ahora
estaba tranquilo. El dolor de cabeza se había ido. El conductor del autobús
indicaba que era tiempo de abordar. Yo mire a Luis con tristeza pues tuve que
dejarle allí, pero quede con una gran sensación de paz, Al subir a la unidad,
volteé a ver dónde estaba mi ángel. Aquel pequeñín que se acercó justamente
a mí, cuando en esa estación había cientos de personas a quien él pudo ayudar.
Yo fui su elección y siempre le agradeceré por ello.  Ese fue el día que un
Ángel me visito en la estación de bus.

Wilfredo de Jesús Rodríguez Morillo

Madrid Octubre 2020.

Rayito de Luz

Buenos días Sol. Mira acá abajo. Toma tu tiempo y hazlo a través de mi pequeña ventana. Veo como juegas con tu luz, iluminas el árbol y las aves en él. En cuanto a mí, mezquinas un simple rayo. No te das cuenta que estoy lejos de mi casa y mi única conexión a ella eres tú. Dime,  ¿como va mi hogar ?¿ Ya los mangos florearon ?¿ Que de los limoneros ?¿ Las rosas como huelen ? Ya no recuerdo su olor. ¿ El camino de tierra que me acompañaba aun esta? ¿ Quedan aún algunas huellas de mis pies? Quiero pedirte un solo favor: Hazles saber que no me he olvidado de ellos y aun mi alma esta con todos, recorriendo cada espacio, tocando cada hoja y cada flor, probando el néctar de cada mango y mi sombra acariciando las paredes.  Cuéntales que estoy bien, que un monstruo me hizo huir de allí dejando mi castillo, que un gran mar está entre ellos y yo y profundas montañas no me dejan ver los atardeceres que una vez disfrute entre la brisa y un cielo vestido de colores. Ahora, rostros que no reconozco, caminos que no he transitado, con un aire envenenado que me encierra, me tienen secuestrado. Me escupen a la cara y se burlan de mí. Solo me dejan ver a través de mi pequeña ventana, un cielo distante, un árbol que comienza a vestirse de primavera y un olor a muerte que se asoma y me mira y tratando de quebrar el cristal y queriendo que le siga. Lo veo con detenimiento  y lo desafío; aunque mis piernas son de trapo ante tan enorme calamidad.  Ay rayito de sol,  tu eres libre y estás vivo,  envuélveme con tu compañía, pues aun cuando almas me rodean en este encierro malévolo,mi presencia es la única que siento. El resto no cuenta, es sordo. Doy vueltas repitiendo que existo. Mi voz se hace eco en pozo profundo.  Vuelvo mí mirada a mi alrededor y  trato de reconocer las cosas y las palpo. Ese olor, que no es cotidiano, embarga mis sentidos y es allí donde encuentro que no estoy donde podría estar. Siendo lo vivido en un espacio y en una hora. Preparándome a cambiar patrones.  Ahora abriré ese baúl. Ese, el de la esquina. Lo limpiare y dentro de el colocare cojines y sobre ellos las memorias, una a una sin que se rompan y cerrare ese baúl. Me duele hacerlo pero es el legado que dejare a tiempos infinitos después de mi, ya que mi descendencia  ha muerto.

Wilfredo de Jesús Rodriguez Morillo.

Madrid Otoño 2020

Mis Harapos

Nuevamente el sol…. el techo se viene abajo. Desde mi ventana el cielo parece detenerse y empalidecer.  La brisa no quiere entrar…me asfixio. Las  almas que  habitan, ya no las entiendo. Otro idioma enluta mi entendimiento. Solo sé que estoy en otro espacio y no me encuentro, me busco y nada. Solo en mi baúl hay trapos de colores desteñidos y rotos. Nada que reparar, los tomo y me los pongo. Me veo en el espejo y no logro entender que veo allí, es una hora ya pasada y un traje para una fiesta a la que no fui. Oigo la música, veo la caja de imágenes,  quiero entrar y vivir allí, donde nada me alcanza. No! ¿ Que se yo de paz y de tranquilidad ? Los números me llegan y me hablan de almas perdidas que nos abandonan, de sumas de pérdidas que mi cerebro no puede cuantificar. Las paredes me aplastan.Quieren sacar mi esencia y molerme para hacerme parte del edificio, pero no me dejo y corro con mis harapos, horrorizado, casi desnudo de mi sentires y lleno de carencias  que me abrazan, atrapan y llevan nuevamente al inicio, hacia donde el centro parece succionarme hacia su submundo. Me aferro al suelo,  entierro mis dedos en el suelo y mi sangre marca el rastro. Grito, grito y grito ….Dios! Nadie oye. ¿ Que pasa con esas almas a mi alrededor ? ¿ Es que no me ven que muero en un instante, mientras ellas ríen, cantan y viven el momento de desolación ?Unas manos desde el infinito pasado vienen a mí y me empujan a recordar, mientras mi corazón late por la triste partida de mi existencia,hacia un mundo distinto al mío.  Miro al cielo y son mil preguntas por segundo, que mi alma hace al creador. Vuelan como hojas en otoño. Muchas caen y otras no, solo desaparecen como esperanzas en tormenta. El piso se hunde … no puedo ponerme en pie. ¿ Que ocurre ? ¿Será que mis miedos pesan tanto que quieren enterrarme vivo ? ¡Que mal agradecidos son ! Si soy yo quien les ha alimentado y  les ha mantenido vivos,  les he dado hogar. ¿ Es que soy mal padre acaso? Ya ni en eso se puede confiar. Déjenme pues. Vivan su vida y vayan donde el inicio se confunde con el fin, donde lo importante se vuelve innecesario y donde su hogar se convierte en una cárcel,  pues es allí donde ustedes me han puesto, en una cárcel de carne,  huesos,  nervios y músculos, sirvientes a sus voluntades. Soy un mísero criado sin sueldo que solo los divierte, mientras danzo hasta perder la razón. Solo y únicamente para llenar sus egos.

Wilfredo de Jesus Rodriguez Morillo

Madrid Octubre 2020.

Dolor y Desgarro

Me pregunto todos los días, si esto los sentirán los
demás, en que magnitud y como……pues es sombra que se difunde en
las paredes de mi cuarto, ocultando cualquier pizca de color, haciendo
una alcoba obscura, donde residen los mas infames y egoístas
sentimientos jamás sentidos por este mortal. He preguntado a la
muerte si este sentimiento trascenderá después de mi vida y no hay
respuesta. Si eso fuese así no vale la pena morir pues ya estoy
muerto. Los días vienen y van…el sol me da la mano, pero la
tierra me hunde.  Sus raíces crecen dentro de mí y me acercan hacia la
obscuridad eterna. La tormenta que ocurre en la torre, es cada día más
violenta, una lucha épica que trata de definir lo real y lo irreal. El
pasado, el presente y el futuro luchan por el control.  Hay
desesperación, todos se ponen las manos en la cabeza, gritan y
corren sin rumbo y solo pueden ver un poco de luz por las ventanas del
alma, pero estas están sucias, desgastadas y tristes. No hay mucho
porque llorar…..la razón esta presa en la turbulencia del viento del
pasado… con corrientes muy fuertes que la abaten de lado a lado
.

Mientras el mar de las vivencias pasadases hondo y profundo, su
obscuridad es de un negro universo, donde los pensamientos caen y se
ahogan, perdiendo fuerza día a día. Las ilusiones ya no nacen en la
costa, el mar es muy ácido…. y criaturas horribles y sin rostros de
vez en cuando salen a recorrer los corredores de la mente, donde
hambrientas comen hasta  saciar toda luz de esperanza y paz….
haciendo de la torre un queso lleno de agujeros y mi ser, un árbol seco
y sin hojas verdes.

Wilfredo de jesus Rodríguez Morillo

Madrid marzo 2020